viernes, 12 de junio de 2009

A continuación se transcribe una nota de opinión publicada por La Nación y el comentario que provocara.


Democracia disonante

Enrique Tomás Bianchi
Para LA NACION

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Viernes 12 de junio de 2009 | Publicado en edición impresa


En la democracia siempre -pero más agudamente en una época electoral como la presente- hay un ruidoso entrechocar de ideas, discursos, personas e intereses, de todo tipo y condición. El resultado es realmente disonante. Parece una orquesta que interpreta música contemporánea. Es difícil percibir armonías o melodías.

A algunos esto les incomoda. Añoran el orden (imaginario, por cierto) del corpus social. La sociedad vista como un organismo viviente, un cuerpo, donde cada miembro tiene su función. No hay una parte que pueda volverse contra otra (y, menos aún, contra el todo). Habría que amputarla. Necesariamente. Hay en ellos una vocación por lo "uno", por lo homogéneo. Esto puede llevar, muchas veces, a la supresión de la orquesta (para seguir con la analogía). Vocación por el "solista". O, en todo caso, por una partitura fácil que todo el pueblo pueda canturrear al unísono.

Ahora bien, como dice el filósofo francés Claude Lefort, "la democracia se caracteriza esencialmente por la fecundidad del conflicto. Es ese régimen único que, a contrapelo de la lógica unitaria propia a todas las otras formas de sociedad, asume la división. La instalación de una escena política sobre la cual se produce la competición por el poder vale, en efecto, como la legitimación del conflicto social [?] La democracia, paradójicamente, hace aparecer la división como constitutiva de la unidad misma de la sociedad". En otros términos: "ella muestra el fracaso de la imagen de una sociedad orgánicamente unida".

La democracia es una apuesta fuerte. Se confía que ese pluralismo -que parece caótico pero que tiene sus "reglas de juego"- pueda generar una vida más humana, más digna de ser vivida, más tolerante.

En las antípodas de esta forma democrática de pensar están los fanáticos nazi fascistas del principio de "identidad" y de la "comunidad", caracterizados, con maestría, por el profesor Olivier Jouanjan, (Universidades de Estrasburgo y Friburgo). Son los que detestan el principio llamado "de separación" o "de división" ( Trennungsdenken ), porque esa visión liberal establece diversos "muros": entre lo público y lo privado, la política y lo social, el derecho y la moral, el derecho y el hecho, el individuo y la comunidad, el pueblo y sus representante, y culmina finalmente -y a título ejemplar- en el principio liberal de la separación de los poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial).

Como dice Jouanjan, los derechos fundamentales juegan en el corazón de estas "separaciones". Son salvaguardas de la capacidad de autodeterminación de los individuos y preservan, igualmente, la libertad de adhesión de las personas físicas a los organismos colectivos de la vida social, a las diversas "comunidades". La consecuencia lógica de esta idea liberal es la de construir jurídicamente los derechos fundamentales como "derechos subjetivos", tanto oponibles a otros individuos como al poder público.

No es extraño, entonces, que el "derecho subjetivo" sea un concepto enemigo para la ideología nazi, que exige la identificación moral de la persona a la "comunidad" y de ésta a su jefe. El individuo, para los totalitarios, se transforma en una suerte de "funcionario" de la comunidad, que no tiene, estrictamente, derechos, sino meras "competencias". Allí sí, seguramente, todos cantarán la misma canción. No habrá choques ni ruidos. No habrá disonancias ni divisiones. Pero claro, al precio que todos conocemos.

Lo que me preocupa es que en nuestra política vernácula se ha usado mucho (ahora, menos) el concepto de "comunidad organizada". Está emparentado con aquella visión antiliberal que comentamos y, sin ser excesivamente suspicaces, conduce a hacer hipótesis sobre parentescos ideológicos verdaderamente preocupantes. © LA NACION

El autor es secretario letrado de la Corte Suprema.

Tal vez habría que agregar al artículo que la democracia depende de "instituciones sólidas", porque sino el pueblo queda a merced de los poderosos y los ricos.
A veces el discurso organicista es una mala respuesta a nuestra anarco-democracia, el ideal de una democracia sin mediaciones: por eso el reclamo de unidad, porque sin instituciones, toda crítica al líder es simultáneamente una subversión (utilizo esta palabra con toda la carga simbólica que tiene: los "subversivos" de ayer son los "destituyentes" de hoy) del orden establecido; la realidad social pierde toda regularidad. Basta ver lo que sucede con el Indec y la manía controladora del poder sobre todos los elementos que constituyen la "subversión" social, elementos que resultan del uso del librepensamiento.
Hay algo en el argentino y en la argentina que le impide ver que existe una realidad más allá de las personas; todo cambio de figura en el poder implica la refundación de una nueva sociedad y un nuevo estado. También por eso esta pulsión destructiva que se vuelva sobre el pasado: ¡el Rey a muerto, muerte al Rey!
Tal vez esta tradición "inorgánica-hiperorgánica" habría nacido el 25 de Mayo de 1810, con la simulación y la máscara de Fernando; tal vez nunca pudimos suplantar el vacío de un Rey cautivo, un rey que se venera en su ausencia e ineficacia de poder. Y por eso el anhelo y contradicción permanente de volver a un pasado glorioso: al nefasto ayer, se le contrapone el glorioso ante-ayer.

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